Thursday, October 05, 2006

Como un sueño…

Todas las casas son blancas en Arequipa, o al menos parecen serlo. De hecho a Arequipa se le conoce como “La Ciudad Blanca” por sus grandes construcciones de sillar, material volcánico que abunda y del que se ha sacado provecho. Después de desempacar y tomar mi mate de coca, salí a visitar las inmediaciones. Estaba rodeada de casas y jardines preciosos, tal vez eso fue lo que le dio el nombre a la urbanización, Selva Alegre. Solo esperaba encontrar algo similar en el centro histórico de la ciudad.

Decidimos hacer nuestro recorrido caminando pues estábamos a unas cuadras del centro. Mientras nos adentrábamos, las cuadras parecían hacerse cada vez más angostas como jalándonos para llegar al centro de la madeja. Trataba de explicarle a mi hermana que Arequipa no era un pueblito de la sierra como ella creía -y me preguntaba días previos, si quizá había cabinas de Internet, Saga Fallabella o por lo general si había algún tipo de civilización -, sino la segunda ciudad del Perú.

Aún no llegaba a reconocer el volcán más conocido del Perú: El Misti. La ilusión de ver un Misti con nieve, característico del invierno en el que me tocó estar, se desvaneció al verlo como uno más de los cerros que rodean la ciudad. Seguramente “El Niño” nos jugó una mala pasada. Aunque muchas personas no saben, no es el único volcán que existe en Arequipa, pues también está el “Chachani” y el “Pichu Pichu”, los cuales si hacían juego con la cuidad, estaban con la nieve empezando a expandirse.

Algo me llamó la atención, no había ningún taxi que no fuese Tico. Pensé que sería por lo angosto de las calles, aun tengo la duda. A medida que me acercaba a la Plaza de Armas, me hacía recordar las típicas calles árabes, se veía de techo en techo, grandes cúpulas y casonas con arcos. Hasta que llegamos, me quedé sorprendida con la belleza y originalidad de la plaza, los arcos primaban. De pronto me choqué con unos chicos que venían comiendo algo que nunca había visto. Me acerqué a preguntarles qué era y me señalaron a dos señoras con traje típico de sierra con una olla grande de metal y con algo parecido a la nieve. Pedí para probar y me encantó. Era lo que se convertiría en algo habitual en nuestro recorrido. Once de la mañana: la hora del “queso helado”.

Paseamos por la Plaza de Armas, alimentamos a las palomas, comimos queso helado nos tomamos fotos en los balcones con el fondo de El Misti y conocimos el imponente piano de la Catedral – uno de los mas grandes del mundo- ; ahora, ¿Qué seguía? Pues, conocer el famoso convento de Santa Catalina, así que allí empezó nuestro recorrido. El camino no fue muy largo pero si agotador. Llegamos a la imponente construcción que curiosamente no tenía la fachada blanca como lo imaginé sino rosada. A pesar de no conocer España más que por fotos o documentales, estar adentro me hizo sentir como si así fuera. Calles angostas y en las ventanas macetas con geranios rojos. Era un pequeño gran mundo dentro de un todo criollo-colonizado. Nunca había estado en un convento antes, no sabía como era la vida de las monjitas detrás de la ventana de madera de la que se emiten las mejores voces en las iglesias. Sin duda están cerca de Dios.

Salimos encantados del convento e incentivados a seguir conociendo la ciudad, nos dirigimos al museo que más nos sorprendió, no por la buena atención o el minucioso cuidado del local - algo usual en los museos que visitamos en el camino -, sino por lo que nos esperaba dentro. Después de una hora de un documental y media para ponernos en contexto, entramos a un cuarto oscuro de grandes cortinas negras con luces focalizadas a una caja cristalizada a manera de refrigeradora con una niña dentro envuelta en algunos mantos sentada, casi en perfecto estado: “Juanita”. Mundialmente conocida, sorprende a cuanta persona va a visitarla y solo hasta ahora se porqué.

Oscurecía rápido y las luces de los faroles engalanaban la ciudad, estábamos cansados, solo unas vueltas más y a dormir. Los siguientes días fueron para conocer el centro histórico, con el que nos llegamos a encariñar. A la semana ya nos movíamos como si fuéramos arequipeño, incluso los vendedores nos reconocían. Lo que hasta ese momento no me gustaba – y me dio pena hasta que me fui – era que El Misti seguía sin nieve.

El verde combina muy bien con el blanco de las casas. Era hora de salir a conocer las afueras de la ciudad. Primera parada: El Molino de Sabandía, precioso, lo que más me gusta de cada viaje son los hermosos paisajes con los que me cruzo y este fue uno de ellos. Ahora a almorzar, gran problema para mí porque no suelo comer de todo. Nos recomendaron el restaurant “Cecilia”, probé el rocoto relleno y chicharrón Para sorpresa de mis padres ¡extraño esos platos! Aun no llego encontrar un lugar donde vendan esos potajes con tan buena sazón.

El tiempo corría más rápido de lo usual y nuestro viaje estaba a punto de terminar. Ya en el bus, veía como quedaban atrás las casas blancas, el queso helado, las largas caminatas, el rocoto relleno (…) catorce horas después desperté en Lima, todo fue como un sueño...
Crónica para Redaccion Periodística